Nos gusta pensar que somos seres racionales. Humanos, concienzudos, civilizados, pensativos. Pero cuando las cosas se complican, aunque sea un poco, queda claro, no somos mejor que los animales. Tenemos pulgares oponibles, pensamos, caminamos erectos, hablamos, soñamos. Pero en el fondo, seguimos metidos en el cieno primordial. Mordiendo, arañando, buscándonos sentido en el mundo frío y oscuro como el resto de tritones o perezosos.
Hay un pequeño animal en todos nosotros, y quizá sea algo que celebrar. Nuestro instinto animal es lo que hace que busquemos la comodidad, el calor, algo con lo que contar. Podemos sentirnos enjaulados. Podemos sentirnos atrapados. Pero aún así, como humanos, podemos encontrar modos de sentirnos libres. Nos cuidamos unos a otros. Somos los guardas de nuestra propia humanidad. Y aunque haya una bestia dentro de todos nosotros… lo que nos diferencia de los animales es que nosotros podemos pensar, sentir, soñar y amar. Y contra todo pronóstico, contra todos los instintos… evolucionamos.
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